viernes, 22 de agosto de 2014

Viernes del cuento: El ángel payaso

Juan era un niño sonriente, jugaba al fútbol con sus amigos, ayudaba en casa, tocaba la guitarra, se peleaba con su hermana y siempre mostraba su mejor sonrisa.
Hasta que un día a Juan se le diagnosticó una grave enfermedad, inmediatamente tuvo que ingresar en el hospital y su gran sonrisa se tornó en una mueca triste, dejo de jugar, cantar y bailar, lo único que quería era volver a su colegio y a sus actividades normales.
La tristeza de Juan pronto se propagó a sus padres (que no soportaban verlo tan apagado) a  su familia, a sus amigos y a algunos niños del  hospital con los que se relacionaba.
Algunos enfermeros y doctores ya lo habían bautizado como “el niño triste” en sus conversaciones de pasillo.





Hasta que una noche en la que Juan dormía plácidamente un ruido le despertó
—Cachis, ya he tirado algo, seré patosa- exclamó una sombra al fondo de la habitación
Juan más intrigado que asustado encendió la luz de su mesita y vio como un pintoresco personaje se sentaba  a los pies de su cama.
Su extraño aspecto le hizo soltar una carcajada. Llevaba el pelo rizado, despeinado como si acabara de pasar un helicóptero sobre ella, una ropa multicolor escondida debajo de una bata de médico y unas alas escondidas detrás del chaleco de flores que luchaban por salir. Llevaba la cara pintada y una nariz de payaso morada adornaba sus facciones.
— ¡Eso es lo que quiero, que te rías! ¡Tienes una sonrisa contagiosa!
— ¿Quién, eres?— preguntó Juan
—Un ángel— contestó la extraña mujer
— ¿Un ángel con esa pinta?
— ¿Has visto alguna vez un ángel?
Juan negó con la cabeza
—Entonces ¿Cómo sabes cómo son?
El muchacho se encogió de hombros y se desternillo de la risa cuando un ala del ángel salió por detrás del chaleco y se alzó creando un enorme bulto en la bata. El ángel bufó muy expresivamente, lo que hizo que Juan se riera aún más.
—Vengo a traerte un regalo- continuó el ángel

— ¿El qué?- preguntó Juan emocionado
El ángel empezó a revolver en su bolsillo mientras hacía extrañas muecas cada vez que sacaba un objeto erróneo.
—Aaaa, aquí está— respiró aliviada mientras se sacaba una nariz de payaso como la suya pero de color verde— esto es para ti, escúchame con esta nariz podrás hacer reír a los que te rodean y hacerles un poco más felices, pero tiene una condición, la nariz no funcionará si tú no estás feliz, si no estás alegre. No tiene pilas ni batería, funciona con amor y alegría ¿La quieres?
—Si si—sonrío Jun dando pequeños saltitos.

Los meses y años pasaron, Juan se curó, hubo algunos que no tuvieron la misma suerte, pero fueron felices hasta el final gracias a Juan y su nariz.

 Hoy Juan ya es todo un hombre y ya no lleva con él su nariz, aun así la tiene guardada siempre en una cajita en la mesita de su cama, pero lo más importante es que sigue haciendo felices a los que le rodean, es capaz de llenar de alegría a todo el mundo, y lo que es más importante, es capaz de enseña a la gente a reír y ser feliz y que estos se lo puedan transmitir y enseñar al mundo, por eso todos los días da gracias a Dios por la visita de aquel angelito disfrazado de payaso.















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